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Ratzinger Z- Por los Siglos de los Siglos
 
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La he visto, hace un momento. Le induce José a escucharla. Su raciocinio alterado examinaba, comprendido de sí mismo sin medio a experimentar una conclusión firme al acertijo.

- ¿Es posible? Asombrada de lo que oía le decía ella., expresándose

- Es seguro, afirmaba José.

Le cuenta, sin muchos detalles, al no haberlos lo anteriormente sucedido. Su trazeo de palabras le muerden la garganta, aprisiona nudos ficticio al expresarse. Maneja meditar ligado a su narración, y más... proceder a desatarse y enlazar cabos sueltos. Gira disimulado su cabeza hacia la barra del bar.

- A las dos, ese es el príncipe Masín. Señalaba apuntando con la vista José. Se deducía la inspección que llevaba a aquel hombre que aludía, en su mirada a fondo.

- ¿Cómo lo sabes? Le preguntaba. Aun se sorprende, aun ella, ya conocedora de las capacidades de sus poderes. El los hacía llamar habilidades, tributos naturales, bienes gananciales de secuencias de trucos de instintos, ardid de idiosincrasia de su propia personalidad. No tenia méritos, no eran más que mecanismos para distinta era, inadmisible lucrarse inhumanamente de su privilegio de ventaja. Ataques de paz, salvaguardia contra el mal. ¿Pero qué mal?

Perjuicios de injusticias de achaques de maldad, padecimiento de dolencia en la enfermedad y en la perdida, injusticia del estrago bajo la atenta decisión partidista del destino, la vileza del mandamiento de niquidad al daño, la infamia que envuelve la verdad, la malignidad de la mentira, todo eso, y todo más, todo lo demás, el bien del mal, el mal del bien. Sin parodias, sin entrelazados pictogramas lleva el agobio en su designio. Sostener la noción de conocer lo desconocido. Extranjero al pensamiento del mundo, discierne en rebeldía saber que no existe el mal como tal, únicamente sustentada por el antagónico bien. ¿Qué evidencia tiene el bien? Sino el uso sectario de servirse del mal. Ying o Yang demasiado mitológico e irreal, tan simple como que se concibe el mal por el mismo productor que el bien. Intereses unánimes de un mal bien...

Leyendo los labios, repite José lo que suelta el príncipe Masín a su acompañante. – No es un problema, cree que no hay nada que temer. Simplemente es un espantapájaros asustado por temores de cuervos, que huye sin saber que va directo al fuego. Vámonos, llévame a la mansión, y... -Masín se da media la vuelta cortando la narración de José, dejando la frase medio construida, medio dictada. El príncipe se marcha junto al hombre al que hablaba, aparentaba ser un súbdito guardaespaldas de él por su pose.

José se fija en la sombra que proyecta la llave que cuelga de la mano del príncipe Masín,

Una pequeña mancha sin forma para cualquier mediocre vista, de cualquier ojos que ven lo que nos hacen dejarnos ver. Ágil decide pronto como maniobrar, no hay tiempo para dilucidar...

- Sigue al príncipe, intentaré buscar algo en su habitación. La 457 , iré allí, quizás tengamos suerte y tope con algo interesante.

- ¿Cómo... -Flor le preguntaba asombrada como sabía el número de habitación.

Schissss, esto no es ningún juego, pequeña flor. ¡Vámonos! Parco entendía flor el estado de

José para liturgia triviales. Respetando contenía sus preguntas y entendiendo que la aparición de la mística ella, es un antes y un después en la vida de ambos, el santiamén abordado impactaba nuevas direcciones que tomar. Entereza, determinación y firmeza en el ruego de José.

Flor deja el lugar y José inicia la misma situación. Tras salir ambos del bar se despide José momentáneamente de ella acariciándola la mano, apretándola le impulsa ánimos en su tarea. El se marcha a su cometido, prefiere y lo hace, subir por las escaleras. Cauteloso reflexiona cada detalle a su paso, junto a sus pensamientos. Sigue hasta llegar a la habitación. Ingenuamente gira el pomo. Está cerrado, y en un detalle fraccionario, de un juego de muñeca susurrando un click a la cerradura, sin suponer ningún problema la abre,

 
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