Reaccionando baja la escalera rápidamente, flotando
entre la gente a la carrera.Sale desde las
puertas giratorias del hotel a la calle. Mira
izquierda, mira derecha, recibe un empujón fortuito
de un individuo que abandonaba el hotel, haciéndole
rodar sobre la acera.
Rápidamente hace un revuelo por situarse en pie.
La ve al fin cuando ella entra en un coche lujoso
negro, abrigándola de la corriente de calle,
cerrando al mundo exterior su gracia, el porte de
esa expresión que acaba José de recoger. En décimas
quebrantó reglas de lo que era en su contar un día,
si hoy alambicado de lo que el trató por saltar,
hasta ella en un mañana llegar. Que confuso
expresarme en un tiempo que no tiene medida
concreta, variable en sentimientos dimensional y
ordenarlas. Traducida del arameo la modera en
nuestro lenguaje comprensible a, apenas una marca de
extensión de veinte metros de longitud a su alcance.
Tras ponerse en marcha el vehículo, se pierde por la
gran avenida lejos de su haz de visibilidad.
Una fuerza invisible le paraliza en su tanteo de
echarse a correr tras ella. Atempera su ansias de
afán de velocidarse y se amuela girándose hacia la
entrada del hotel.
-¿Conoce la identidad de la señorita de negro
que acaba de salir? Le pregunta dirigiéndose al
botones galardonado de ellos por toda la guerrera.
-No conozco su nombre caballero. Llegó esta
mañana con el príncipe Masín dijo el estirado y
escuchimizado muchacho amablemente, con simpleza.
Dudativo, revuelto desequilibrado, entra de nuevo
en el hotel. Se dirige hacia el bar - restaurante,
al punto donde se encaminaba desde el principio, cuando salió
de su habitación y esperaba el ascensor, antes que
fuera desviado por su encuentro inesperado.
Como anunciando su llegada guiña el ojo a una
mujer madura que le esperaba. En la empalizada de
los cincuenta serenaba sus iniciadas y extendidas
arrugas de la piel con una mirada juvenil,
adolescente en la ingenuidad de sentir
sentimentalismo, por la persona que ansiosa esperaba
ver. Se levanta revulsiva y le abraza cariñosamente.
Su bienvenida hace entrever la complicidad del
tiempo que han estado sin verse.
-Me has hecho esperar mucho... tanto tiempo sin
saber de ti.
Ambos se sientan, llegados del momento de la
bienvenida.
Flor, que era el nombre de la mujer está
entusiasmada de verle -¿Cómo estás José?
Así se llamaba él. Era un nombre, una etiqueta
identificativa. Tenía tantas a lo largo de su
existencia que no cabria redamar en una taza de
café, ni en las leyendas contadas en tertulias de
copa y café. Pero así a él le gustaba que le llamaran
de este modo, él se auto proclamó reconocido como
José. De esta forma lo decidieron sus padres, sus
verdaderos padres de corazón que tuvo...
-Ella está aquí, flor -tajante inflexiona
respondiéndole.
La mujer se detracta de echarse para atrás cuando
lanzaba su espalda sobre el respaldo alertada por
una noticia que recoge, de la que en su vida aguardó
confiada en que José le transmitiera alguna vez.
Manifiesta percibir quien es ella, no carece
necesidad de nombrarla, su misterio no es un callado
secreto. Perpetuo su presencia residió en los
márgenes que José extendía, en su vivir.