A modo compulsivo, los pasos le llevan por el
pasillo. Unos metros atrás dejó su habitación numero
impar 313. No es supersticioso, no tiene
excentricidades, se asemeja su nítido caminar a sus
ganas por pasear. Aun medio dormido, recién
levantado, vestido arreglado en una moda pasajera,
la actual presente. No está afeitado, no sigue
estilos, un poco de dejadez se aprecia en su barba
de dos días. Hace stop ante el ascensor. Golpea el
botón o casi, ya que faltando un centímetro del
roce, se
enciende el indicador de haber pulsado. Nada que
argumentar, detalles insignificantes, reseñas
incontables desechables. El elevador desciende y él
siente una extraña sensación, en su interior. Un
hormigueo que no responde a nada subjetivo. Su
incierto cautivado desconoce su ansias.En su
bajada hace ¡Alto! en la tercera planta, y las
puertas del montaseres se abre.
Ante las personas que lo ocupan se encuentra él
fuera, en la linea de separación de la entrada, a
media zancada del paso. Al intentar entrar uno de
los individuos de dentro le corta arrogante el
acceso, al poner de barrera su brazo.
-Está completo. Tajante y con muy poco talante
lo dice.
Sin prestarle importancia ni atención acepta
denegando entrar. Pequeña mueca de pasotismo, una
bajada de ojos en vertical, un mordisco en los
labios, presionadas arrugas en sus frentes detallan
una historia marcada de misterio. No es fácil
describirlo, la efemérides le da su propia magullada
identidad.
Las puertas se cierran irreversiblemente. Imán
detallo, que catapulta su mirada hacia las pupilas
de la chica, que no había dejado de observarle desde
que apareció tras la puerta del ascensor.
Gesticulando, abriendo los labios intenta, parece
decir algo. Sordas las intenciones quedan al
cerrarse por completo las puertas. Inútil ante la
adversidad, hasta el gran salto del día de mañana,
ha llegado. ¿Preparado? Concienzudamente..
Aplastantemente...
Cosquilleo siente como cuando..
...La contempló por primera vez. La plaza de
atañer, el mercadillo de barusel, estaba a rebosar.
De puesto en puesto, labiaba las cosas grandiosas
que los vendedores enseñaban. Desde collares
coloridos traídos desde las lejanas rutas orientales,
sólo llegada a sus oídos por medio de mercaderes que
se encontró alguna vez, hasta la mas linda seda que
observara nunca. El espectáculo beduino de pitones
bailando al ritmo de la melodía de un músico que con
un instrumento de percusión parecía orientar a los
reptiles.
Era su primera visita a una gran ciudad, y se
sentía mareado de tanto alboroto. Razonaba que era
mas difícil moverse entre conjeneres semejantes a
él, que sortear su rebaño de ovejas.
Chispó algo que sólo él sabe y le hizo mirar
hacia atrás. En el puesto de frutas sirviendo una
jovencita regañaba con una vieja que gruñía, quien
sabe porqué desconcertante y estúpida razón.
Imán rebelo, le hizo mirarle, armonizaron bellas
almas idiotas, y no hicieron otra cosa por mucho
tiempo. Rompió la violencia, el fuego en el cuerpo,
la ingenuidad de la doctrina, la sutura que cedió...
- ¿Quieres una? Le ofreció una cereza ella, que
atenta, que secuaz de él le acompañaba en su cruces
de mirada.
- Si, él aceptó. Así lo quiso y se lo hizo
saber...